La Iglesia Parroquial de Santa María Magdalena en Ciempozuelos es un edificio histórico que destaca por su rica trayectoria arquitectónica y artística. A lo largo de los siglos, ha sido testigo de la evolución cultural y social de la localidad, consolidándose como un símbolo del patrimonio local y un reflejo del fervor religioso de la comunidad.
Nuestros comienzos
La construcción de la actual iglesia parroquial comenzó a finales del siglo XV o principios del XVI, sobre los restos de un templo anterior. La edificación se llevó a cabo siguiendo la tradición constructiva hispanomudéjar, un estilo que combina influencias cristianas y musulmanas, característico de la arquitectura española de la época. Este estilo se evidencia en el uso del ladrillo, la sobriedad decorativa y los elementos estructurales que aún se conservan en la nave principal.
Durante el siglo XVI, la iglesia experimentó un notable crecimiento, consolidándose como el epicentro religioso de Ciempozuelos. La construcción de la torre campanario entre 1567 y 1575, obra del cantero Hernando de Pineda, fue un hito importante que aportó carácter y majestuosidad al edificio.
En el siglo XVII, la iglesia fue objeto de una significativa ampliación con la edificación de una nueva cabecera parroquial de estilo barroco en 1612. Esta transformación no solo aumentó la capacidad del templo, sino que también añadió una riqueza ornamental que contrasta con la sobriedad inicial del estilo mudéjar.
A lo largo de los siglos XVIII y XX, el templo sufrió diversas remodelaciones que modificaron su aspecto original, adaptándose a las necesidades litúrgicas y estéticas de cada época. Estas intervenciones incluyeron la restauración de elementos decorativos y la incorporación de nuevos altares y retablos.
¿Quieres conocer el inventario de nuestra parroquia a principios del siglo XX? Os compartimos este importante testimonio sobre nuestro patrimonio espiritual y escultórico.
Nuestros sacerdotes

Israel
«Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que esta fuerza sublime proviene de Dios y no de nosotros» (2 Cor 4, 7).
La mayor riqueza del cristiano no es su fuerza, sino la gracia de Dios que actúa en su fragilidad.

Mateo
«No temas, que te he redimido, te he llamado por tu nombre, tú eres mío» (Is 43,1).
En Él encontramos nuestra identidad: en su Corazón somos amados siempre.

Antonio
«Para que tengan vida» (Jn 10, 10).
Enviados a ser servidores de vuestra alegría.




